Ubi Sunt

Hay multitud de géneros literarios, en cada uno de ellos se dan cita los mecanismos expresivos que permiten dar rienda más o menos controlada a los pensamientos del autor.

Entre la poesía hay infinidad de ellos, desde la amatoria que ensalza el contacto entre personas, la épica que nos cuenta grandes hechos de armas o la religiosa que busca un resultado edificante.

Junto  a todos esos sentimientos vive otro que tiene otro cariz, incluso después de toda una vida de grandes hechos llega el momento fatídico de la muerte a la que nadie puede escapar. Ningún grado de grandeza ha sustraído a ninguno de los grandes personajes de la historia del fin de sus propias vidas.

De poco sirven los enormes imperios llenos de oro y lujos, los ejércitos imparables para imponer su voluntad o el esplendor más refinado de la cultura. Todo acaba, y en un abrir y cerrar de ojos ( In icti oculi,que nos diría Valdés Leal) toda su obra pertenece al plano de lo pasado.

Particularmente llamativo resulta cuando este destino llega a figuras, personajes o civilizaciones que eran el absoluto centro de atención de su tiempo. Que en efecto habían logrado un aura de protagonismo que aunque bien ganado, se podía subir a la cabeza para creerlo eterno. Probablemente el ejemplo más evidente de esta triste ironía del destino sea el poema Ozymandias, de Percy Bysshe Shelley.

Ozymandias sería uno de los alias por el que se conocería al faraón Ramsés el grande, del antiguo Egipto. Uno de los gobernantes más famosos del país de las pirámides, que en si día se podría considerar justamente uno de los hombres más poderosos del mundo y poseedor de una influencia sobre la realidad inimaginable para el hombre de a pie. En todo caso, eso no pudo evitar que casi 3000 años después de su muerte, una estatua que lo representa como rey de reyes sea objeto de admiración en un Museo del país que dominaría su antiguo reino. El soneto dice tal que así: 

Conocí a un viajero de una tierra antigua
quien dijo: «dos enormes piernas pétreas, sin su tronco
se yerguen en el desierto. A su lado, en la arena,
semihundido, yace un rostro hecho pedazos, cuyo ceño
y mueca en la boca, y desdén de frío dominio,
cuentan que su escultor comprendió bien esas pasiones
las cuales aún sobreviven, grabadas en estos inertes objetos,
a las manos que las tallaron y al corazón que las alimentó.
Y en el pedestal se leen estas palabras:
“Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes:
¡Contemplad mis obras, poderosos, y desesperad!”
Nada queda a su lado. Alrededor de la decadencia
de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas
se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas»

Poca fuerza puede quedar ya de aquello que lo pudo mover todo. El reino de Ozymandias es un recuerdo, un enigma. Todo lo que existe parece tender a no existir más. Acerca de ello nos previene la Biblia con Polvo eres y en polvo te convertirás.

De este último concepto toman buena nota los místicos y ascetas, es precisamente el contraste doloroso entre la gloria terrenal y la dolorosa verdad de la descomposición ( el episodio del entierro de Isabel de Portugal) el que hace a Francisco de Borja dedicar su vida a la religión con la elocuente expresión de pero juro también no más servir a un señor que se me pueda morir.

Algo más tarde sería el influyente Miguel de Mañara , hermano de la Caridad quién se preguntara si el polvo en que se deshicieron Julio César o Alejandro Magno estaría actualmente sobre los muros de alguna pocilga en Discurso de la verdad.

Rodrigo Caro también expresa su asombro ante lo efímero de la acción humana, que parece decaer hasta el punto de ya no ser nada más que un aviso a navegantes. En su A las ruinas de Itálica.

                                                                       Estos, Fabio ¡ay dolor! que ves ahora                                                  Campos de soledad, mustio collado,
Fueron un tiempo Itálica famosa;
Aquí de Cipión la vencedora
Colonia fue; por tierra derribado
Yace el temido honor de la espantosa
Muralla, y lastimosa
Reliquia es solamente
De su invencible gente.
Solo quedan memorias funerales
Donde erraron ya sombras de alto ejemplo;
Este llano fue plaza, allí fue templo;
De todo apenas quedan las señales.
Del gimnasio y las termas regaladas
Leves vuelan cenizas desdichadas;
Las torres que desprecio al aire fueron
A su gran pesadumbre se rindieron.

[…]

Es un sentimiento transversal a lo largo de los siglos. Lógicamente, es patrimonio de aquellos que tienen una mínima consciencia histórica, para la gran mayoría de personas la historia llegaría hasta lo que le pudieran contar sus abuelos en el entorno local y en el pasado remoto de las historias religiosas. Pero sin embargo para los potentados es realmente importante establecer tiempos y linajes. La genealogía es en buena medida la protección de la herencia. 

En ocasiones esta contemplación no viene de intereses plenamente poéticos, puede suceder que lo que veamos que se desvanece es el escenario de nuestra propia vida. Si hemos sido educados en un mundo de la gran nobleza, de maestres de ordenes militares y nobles levantiscos la etapa que preconiza un cambio que desde la edad media irá a desembocar a la edad moderna nos puede suponer una crisis. En buena medida esto lo vemos en las Coplas por la muerte de su padre de Jorge Manrique

Copla XXIII

Tantos duques excelentes,
tantos marqueses y condes,
y barones,
como vimos tan potentes,
di, Muerte, ¿dó los escondes
y traspones?
Y las sus claras hazañas
que hicieron en las guerras
y en las paces,
cuando tú, cruda, te ensañas,
con tu fuerza las atierras
y deshaces.

 

Nosotros, que somos ( de momento) contemporáneos no nos escapamos de ese factor. Los tiempos cambian, y siempre llega el día en que uno no reconoce absolutamente nada. Pero es así. Antes de irnos por hoy os traemos una estrofa del grupo TNT y su tema Coplas a la muerte de un colega

3

Nuestras vidas son los sobres
que nos dan por trabajar,
que es el morir;
allí van todos los pobres
para dejarse explotar
y plusvalir;
allí los grandes caudales
nos engañan con halagos
y los chicos,
que explotando son iguales
las suspensiones de pagos
y los ricos. 

Que más o menos es la respuesta que la mayoría podemos dar a la copla de Manrique que dice:

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir:
allí van los señoríos,
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos;
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.

 

Un saludo y nos vemos pronto. 

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