El vino en Sevilla, recuerdo de Almutamid

 

El serrallo de Almutamid

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Almutamid y el vino

El vino no es una novedad en nuestras mesas ni en nuestros paladares, de hecho, nos acompaña desde hace miles de años. Aqui vemos la relación entre Almutamid y el vino, como uno de los elementos de inspiración de su poesía.Incluso en el periodo en que buena parte de la península ibérica se contaba como parte de ese sujeto político que era al Al-Andalus, el vino siguió formando parte de la vida. Esto no suponía una licencia completa de las restricciones que imponía la religión, pero las imposiciones de estas normas relativas a su proscripción fueron variando en fuerza a lo largo del tiempo y según el periodo.

Hoy os quiero dejar con un texto acerca del recuerdo que dejó Almutamid, el último rey de Sevilla en las personas de alma sensible. Su poesía cortesana se mantendría viva inspirando a aquellos que buscaban la belleza, en esta ocasión nos narra el encuentro entre un sevillano y unos beduinos de la misma tribu a la que perteneció el rey Almutamid.

Extractro de Eduardo Escartín González ESTUDIO ECONÓMICO SOBRE EL TRATADO DE IBN ABDÚN. El vino y los gremios en al-Andalus antes del siglo XII. Tesis doctoral, mayo 2004.  Cita a (Dozy. 1861,Tomo IV, pp 223 a 228)

 

Su generosidad, su bravura, su espíritu caballeresco, le hicieron amar de los hombres

cultos de las generaciones subsiguientes; las almas sensibles se sentían interesadas por

su inmenso infortunio; al vulgo le entretenían sus aventuras romancescas y, como poeta,

fue admirado hasta por los beduinos que, respecto al lenguaje y a la poesía, pasaban por

jueces más severos y competentes que los habitantes de las ciudades. He aquí, por

ejemplo, lo que se refiere sobre este asunto:

En uno de los primeros años del siglo XII, un sevillano, que viajaba por el desierto,

llegó a un campamento de beduinos lajmitas. Habiéndose aproximado a una tienda y

pedido hospitalidad a su dueño, éste, gozoso de poder practicar una virtud que su nación

aprecia infinito, le acogió con gran cordialidad. Ya había pasado el viajero dos o tres días

con su huésped, cuando una noche, después de haber intentado en vano conciliar el

sueño, salió de la tienda a respirar el aliento de los céfiros.

Hacía una noche serena y admirable, dulces y regaladas brisas atenuaban el calor. En un cielo sembrado de estrellas se adelantaba la luna, lenta, majestuosa, iluminando con su luz al desierto

augusto, que hacía resplandecer como un espejo y que ofrecía la imagen más acabada

del silencio y del reposo. Este espectáculo recordó al sevillano un poema que su antiguo

soberano había compuesto, y comenzó a recitarlo. El poema era éste:

“Habiendo extendido la noche las tinieblas a guisa de un inmenso velo, yo bebía, a la

luz de las antorchas, el vino que centelleaba en la copa, cuando de pronto se mostró la

luna acompañada de Orión. Se la hubiera creído una reina soberbia y magnífica que

quería gozar de las bellezas de la naturaleza y que se servía de Orión como de un

dosel. Poco a poco venían a rodearla a porfía otras brillantes estrellas; la luz aumentaba

a cada instante y en la comitiva las Pléyades parecían el estandarte de la reina. Lo que

ella es allá arriba, yo lo soy aquí abajo, rodeado de mis nobles caballeros y de las

hermosas jóvenes de mi serrallo, cuya negra cabellera se parece a la oscuridad de la

noche, mientras que sus copas resplandecientes son estrellas para mí. Bebamos,

amigos míos, bebamos el jugo de la viña, mientras que estas hermosas,

acompañándose con la guitarra, van a cantarnos sus melodiosas coplas.”

Luego recitó el sevillano un largo poema, que Motamid había compuesto para

apaciguar el enojo de su padre, irritado por el desastre que había sufrido en Málaga su

ejército, a consecuencia de la negligencia de su hijo que lo mandaba.

Apenas hubo concluido, cuando la tela de la tienda, ante la que se hallaba por

casualidad, se levantó, y un hombre, que se hubiera reconocido desde luego por el jeque

de la tribu, nada más que en su aspecto venerable, apareció a su vista, y le dijo, con esa

elegancia de dicción y esa pureza de acento, por las que siempre han sido famosos los

beduinos y por las que están orgullosos en extremo:

–Dime, ciudadano, a quien Dios bendiga, ¿de quién son esos poemas límpidos como

un arroyo, frescos como la yerbecilla que la lluvia acaba regar; ya tiernos y suaves como

la voz de una joven de collar de oro, ya vigorosos y sonoros como el grito de un joven

camello?

–Son de un rey que ha reinado en Andalucía y se llamaba Ibn Abbad –respondió el

extranjero.

–Supongo –replicó el jeque–, que ese rey reinaría en un pequeño rincón de tierra y

podría por consiguiente consagrar todo su tiempo a la poesía; porque cuando se tienen

otras ocupaciones no se tiene tiempo para componer versos como ésos.

–Perdóname, ese rey reinaba sobre un gran país.

–¿Y podrías decirme a qué tribu pertenecía?

–Seguramente; era de la tribu de Lajm.

–¿Qué dices, era de Lajm? ¡Entonces era de mi tribu!

Y entusiasmado con haber encontrado una nueva ilustración para su tribu, el jeque en

un rapto de entusiasmo, comenzó a gritar con voz de trueno:

–¡Arriba, arriba; gentes de mi tribu! ¡Alerta, alerta!

Y en un abrir y cerrar de ojos todos estuvieron en pie y vinieron a rodear a su jeque,

que, viéndolos reunidos, les dijo:

–Escuchad lo que acabo de oír y retened bien lo que acabo de grabar en mi memoria;

porque es un título de gloria que se os ofrece a todos vosotros, un honor de que tenéis el

derecho de estar orgullosos. Ciudadano, recítanos una vez más, yo te suplico, los poemas

de nuestro primo.

Cuando el sevillano hubo satisfecho este deseo y todos los beduinos admirado los

versos con el mismo entusiasmo que su jeque, éste les refirió lo que había oído decir al

extranjero, respecto al origen de los Beni Abbad, sus aliados y sus parientes, puesto que

descendían también de una tribu lajmita que recorría en otro tiempo el desierto con sus

camellos y levantaba sus tiendas donde las arenas separan el Egipto de la Siria; y luego,

les habló de Motamid, poeta, unas veces gracioso, otras sublime, el heroico caballero, el

poderoso monarca de Sevilla. Cuando hubo concluido, todos los beduinos, ebrios de gozo

y de orgullo, montaron a caballo para entregarse a una brillante fantasía que duró hasta

los primeros albores de la aurora. En seguida el jeque eligió veinte de sus mejores

camellos, y se los dio de regalo al extranjero. Todos siguieron su ejemplo, en la medida

de sus facultades, y antes que el sol hubiera aparecido del todo, el sevillano se encontró

dueño de un centenar de camellos. Después de haberlo acariciado, cuidado, festejado y

honrado de todos modos, apenas consentían en dejarle marchar, aquellos generosos

hijos del desierto, cuando llegó el momento de ponerse en camino; tan querido se había

hecho para ellos el que sabía recitar los versos del rey poeta a quien llamaban primo

suyo.

 

 

Deja una respuesta