Castañas

El otoño es una época maravillosa, que tiene sus encantos particulares. Es por eso que hoy vamos a detenernos para tratar un poco de esa pequeña maravilla que tenemos estos meses de lluvias intermitentes, hojas de colores, y el lento pasar hacia el invierno; las castañas.

Estas han estado a nuestro alrededor desde hace siglos y son una estrella de estos momentos del año, un fruto de temporada que nos llega entre octubre y noviembre. Siendo que se recoge en algunos lugares en una fecha tan señalada como el 31 de octubre, el Halloween para las culturas de influencia anglosajonas, víspera del día de muertos que se celebra en las católicas. Cuando el verano queda atrás y vienen en camino los meses de frío más duro, cuando conviene revisar las reservas alimenticias, así como darse un buen festín con los últimos frutos.

Es tiempo de castañas

El verano ya pasó y el invierno toca a la puerta, es un punto importante del año. Este momento, en el cual se van afrontar unas circunstancias más duras y que pondrán a prueba la resistencia y adaptación de las sociedades, es un factor crucial en los grupos humanos del pasado donde una buena cosecha era primordial.

Estas fiestas siguen existiendo en distintos lugares de España, al estar alrededor de estos días se pueden considerar otra de esas fiestas relacionadas con los ritmos vitales, la celebración de algo tan importante como contar con suficiente comida para sobrevivir el tiempo hasta la siguiente cosecha. A día de hoy siguen existiendo festividades relacionadas con este aspecto en España, como el magosto en Extremadura y el Gaztañerre eguna en el País Vasco.

Han sido alimento muy valioso para las poblaciones que vivían alrededor de los bosques desde siempre, al ser muy ricas en carbohidratos. Incluso se llegaba a convertir en harina para hacer pan en caso de necesidad, hablando así del uso de los alimentos de conveniencia y del uso extensivo de los recursos al alcance.

Tradicionalmente ligados a las capas populares, ya que se podían usar como sustitutos de cereales como el trigo y eran elementos de aprovechamiento de los bosques, complementando la dieta de los campesinos.  Desplazadas gradualmente por la patata y el maíz, relegadas a las partes más pobres y alejadas y como elementos de temporada-

 En cuanto a sus propiedades podemos ver que, aunque es más baja en proteínas que otros frutos secos, tiene una proporción mayor de fibras e hidratos de carbono. No resulta tan calórica como otras debido en gran parte a su contenido relativamente bajo en grasas. De forma que tenemos un platillo saludable y nutritivo al consumirlas asadas.

Ideales para días que tenemos que aportarle algunas calorías extras al cuerpo, por ejemplo, después de una buena sesión de senderismo con este tiempo otoñal, pocas cosas mejores que darte este delicioso capricho, ya que su buen contenido en calcio es una ayuda para aquel que haga actividad física. Además de ser una gran fuente de hierro, potasio y vitamina B.

Se puede preparar y consumir de muchas maneras, por ejemplo, conservada en miel, confitada – cómo las inconfundibles marron glacé- , las formas de aprovechar este valioso frutos han sido muchas a lo largo de la historia.

Pero si tengo que elegir, hay una forma de prepararla que me puede absolutamente, y son asadas.

¡A las deliciosas castañas asadas!

Pero yo si tengo que elegir me quedo con la forma en la que siempre las he comido aquí en Sevilla. Ya uno nota cuando llega el otoño cuando empiezan a aparecer las castañeras, que son carros preparados con estufas de carbón dentro de las cuales se preparan estas pequeñas delicias. En cazuelas llenas de agujeros para que se vaya cociendo en un propia cascara poco a poco, a las castañas se les hace una pequeña incisión para que al calentarse la humedad pueda salir y no las haga estallar.  Se complementa únicamente con un puñado de sal y no hace falta nada más. El sabor que le impregna esta forma de preparación despierta conexiones con costumbres centenarias y escenarios que nos resultan familiares, es el frío que va llegando y el centro de la ciudad lleno de vida con las luces de navidad entre el gentío.

Hasta tal punto son reconocibles que tienen su eco en la literatura y el arte como un elemento propio. En el libro Los Españoles pintados por sí mismos , colección de estampas costumbristas acompañadas por artículos de algunas de las plumas más conocidas de mitad del XIX , tenemos ejemplos de esto, que nos glosa las aventuras de la castaña, su encanto y sus particularidades. Recodando que de la deformación de este vienen las castañuelas, ese apartijo tan curioso que acompaña a las representaciones de flamenco.

Las castañeras tradicionales

Encontramos un libro que nos abre la puerta para trasladarnos completamente a la España de principios de la década de los 40 –al menos a la que deciden darle forma a través de sus palabras los articulistas que participan en ella-, pero en este caso estamos hablando de la década de 1840. En un ejercicio de escritura hecho con buenas dosis de socarronería y buena parte de teatralidad –cómo un catálogo de arquetipos novelísticos-. En una suerte de enciclopedia de tipos sociales[1]. Lleno de florituras en el lenguaje, referencias al estilo de los poetas del siglo de oro un intento llamativo al ser aplicado a describir ciertos personajes callejeros. Entre todos estos tipos nacionales figuran el alcalde, el cura, el escribiente, el cesante y todos aquellos perfiles característicos de entonces.

¿Quiénes eran estas mujeres?

Pero a mí lo que me interesa hablar es de las castañeras, aunque ganas no me falten de entrar a comentar algunos más de los especímenes que encontramos en estas páginas.

Las castañeras que pueblan las calles de esta España decimonónica reciben del autor un socarrón tratamiento, al considerarlas mujeres que contienen toda la sal que ven replicada en los tarrillos que usan para aderezar las castañas, pero a la vez son retratadas como personas en precariedad, con un pie firmemente asentado en el lumpen y deben recurrir a un amplio abanico de estrategias para cubrir su subsistencia por sí mismas. Se les señala su actitud “varonil “tendente a la procacidad, debido a que su actividad principal que se desarrolla en contacto con todo tipo de público.

Personaje de puro gusto arrabalero y azote del barrio alto. Dice el autor que han ido perdiendo su esencia de la misma forma que la modernidad ha ido absorbiendo las dos clases extremas que han venido a engrosar las filas de las medianas.  Que de igual manera que ya no es raro ver a un proletario con su levita tampoco lo es ver a un señor con calañés –sombrero de campo parecido al catite-. En este sentido, la actividad añorante del mundo perdido cuya esencia se ha marchitado en un presente soso, recuerda a la misma que aún se despliega de la mano de autores que tenemos hoy en día,

            Es sobre la procedencia de estas mujeres que el autor aventura una teoría propia, siendo las menos las que escogen el oficio desde el principio. Siendo las mismas en una gran parte antiguas prostitutas que deben diversificar sus fuentes de ingresos a medida que la edad u otras circunstancias les dificulta la obtención de los recursos para su mantenimiento. De forma que en adquieren su instrumental y se hacen un hueco en este negocio público.

Se nos presentan dos clases de castañeras, con sus propias jerarquías, que parece que no haya nada en el mundo que escape a las distinciones y niveles. Esta viene dada de la forma en que prepare y ofrezca su producto. Entre tanto más elaborado esté y sea mayor la inversión que la castañera ha hecho en el equipo necesario y los materiales, más cotizada estará la mercancía que ofrezca.

Las más humildes de entre este grupo son las que ofrecen las castañas cocidas, siendo de esta manera que su equipo es el más económico de conseguir y los materiales los más accesibles – las propias castañas, el carbón para e fuego que vale muy poco y el agua de una fuente cercana que no vale nada-, a la vez que también son exiguas sus ganancias.

Dentro de este oficio el escalón superior lo conformarían las que las venden asadas ya que su manufactura requiere de un equipamiento algo más abundante y por la tanto costoso. Del mismo se hace un pequeño inventario, que resulta de interés para ver lo poco que ha cambiado en siglos:

una mesa con su cajón correspondiente, una vasija sui generis , un anafe; una hornilla portátil , un cañón de hoja de lata que dé salida al humo sin molestia de la protagonista y de los transeúntes , un fuelle, unas tenazas para escarbar la lumbre (estas pueden suplirse con los dedos) ; un cuchillo para hacer en cada castaña la incisión con que se facilite después la separación de la cascara ; una manta , ó parte de ella , para abrigar la ya tostada mercancía : una espuerta bien. provista de carbón, un tarro lleno de sal , aunque algunas pueden suplirla con la mucha que Dios les ha dado; una silla para la maestra ; á veces un cobertizo , que á ella y á su hacienda resguarde de la intemperie; y además de todo esto, y de algún otro artículo que puede habérseme olvidado, tiene que pagar á la Villa la licencia para vender, y acaso á algún casero despiadado ó á algún tabernero sin entrañas , el alquiler del reducido terreno en que pone su tinglado.[2]

A la vez que esta inversión denota un carácter algo más permanente de la actividad que ira asociada con un lugar algo más fijo. Aquí se nos hace notar que son mujeres que dominan perfectamente los códigos sociales de la calle, con una fineza y habilidad en leer las situaciones y las gentes. De toda forma que son una autentica fuente de sabiduría de su entorno, sabiendo que y quienes se mueven por allá durante sus largas jornadas en la calle. Así que no nos extraña que uno de los lugares que juzgan más propicios para instalar su tenderete y su género sea a la puerta de tabernas, donde su producto hace gran combinación con las bebidas. A la vez que el autor no se priva del comentario, que recuerda lo azaroso y precario de la vida en la ciudad:

Razones de amor propio, ademas del atractivo de la ganancia, aconsejan á las Castañeras el situarse en los peristilos de los templos de Baco, que si los devotos apetecen solamente las castañas cuando entran, tal vez cuando salen apetecen la Castañera. [3]

Resulta agradable buscar todo lo humano, el patrimonio y la historia que se puede encontrar sólo después de tirar, aunque sea un poco del hilo. Aún de elementos tan cotidianos cómo puede ser una humilde castaña asada. Que encontremos elementos sociológicos en las personas que lo elaboran, la tradición centenaria en los instrumentos que se usan en ello, y el papel que tiene nuestra nutrición en cómo vivimos el paso de las estaciones.

Tras este sencillo y breve repaso a las castañas como  uno de los platillos más representativos de estas fechas, y esta somera descripción de uno de los personajes urbanos más tradicionales a través de la literatura, es hora de dar un paseo.

Pero con el frío que hace, nada mejor que un cartuchito de castañas calientes.


[1] https://ia802706.us.archive.org/33/items/espanolespinta01madr/espanolespinta01madr_bw.pdf

[2]Ídem P. 33

[3] Íbidem P.35

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